El rastro que dejas sin querer

Dos niñas grabando un baile para TikTok en la acera de casa.
Nada raro. Risas, un móvil apoyado en la mochila, el ensayo otra vez desde el principio.
Pero el ojo, sin querer, va recogiendo. El uniforme con el escudo del cole. El portal y el número de la calle al fondo. El acento de aquí. El nombre del bar de enfrente, en el toldo.
Y la hora. Lo suben casi siempre a la misma, al volver de clase.
Ninguna de esas cosas es un secreto. Cada una, por separado, no dice casi nada.
¿Y si lo que importa no es ningún dato suelto, sino lo que dibujan todos juntos?
Me quedé con esa pregunta dándome vueltas. Y tiré del hilo. Lo que encontré me llevó más lejos de lo que esperaba. Va de la huella digital, del rastro que dejamos sin querer, y de lo que otros pueden hacer con él.
Una cosa antes de empezar, ya que vamos a hablar de rastros: ¿te has fijado en que al entrar aquí no te ha saltado ningún aviso de cookies? No es un olvido. Al final te cuento por qué.
Lo que reveló una app de running
Lo primero que encontré me sonó a película de espías. Pensé que era una rareza, un caso aislado. Luego entendí que no.
En noviembre de 2017, Strava, una de las apps más usadas para registrar carreras y rutas en bici, publicó un mapa del mundo entero que resaltaba los recorridos más transitados de sus usuarios, de forma agregada y sin exponer a nadie en concreto: cuanto más se corría o pedaleaba por un sitio, más brillaba esa línea. Un mapa de calor, lo llaman. Una telaraña de luces sobre el planeta.
Lo primero que se me ocurrió fue lo útil que parecía: seguro que ahí dentro había sitios estupendos para salir a correr, los que la gente de cada zona pisa de verdad, cerca de casa, del trabajo, incluso en vacaciones. Bonito, y poco más, pensé. Lo que el mapa enseñaba era otra cosa.
En enero de 2018, un analista, Nathan Ruser, vio algo que a mí se me había pasado. Circuitos brillantes en mitad del desierto, en zonas vacías de Siria, Irak y Afganistán. Eran soldados de Estados Unidos saliendo a correr el perímetro de bases que no figuran en ningún mapa.
Me paré ahí. Nadie había filtrado nada. Cada soldado había hecho algo trivial: subir su carrera. El secreto salió de la suma. (El Pentágono terminó revisando el uso de estos dispositivos por el personal desplegado.)
Mi primera reacción fue tranquilizarme: eso pasa muy lejos, en otra guerra, en otro mundo. Hasta que busqué más cerca, y se me cayó esa coartada. Ese mismo mapa dibujó con nitidez la base de la Legión en Viator (Almería). En Google Maps esa base aparece difuminada, borrosa a propósito. En Strava salía clara, trazada por los militares que salían a correr con la app puesta.
Lo recogió la prensa tecnológica española, no un comunicado oficial. Nadie creía estar haciendo nada malo, y aun así la cosa acabó en el periódico. Nadie había filtrado nada: el secreto salía de la suma. ¿De dónde salía esa suma?
Una palabra: agregación
Mi primer instinto fue el de siempre, el que sé hacer: proteger la privacidad. Marcar las cuentas como privadas, poner contraseñas buenas, revisar quién puede ver qué, echar el candado. De eso hablamos al cerrar mensajes con candados y claves. Eso lo decides tú, y yo lo tenía cubierto.
Pero el vídeo de las niñas no iba de eso. Ellas no habían dejado ninguna cuenta abierta ni ninguna contraseña floja. Lo que dejaban era otra cosa, y entendí que el problema era distinto: la huella digital, el retrato que otros construyen con tu rastro. Esa no la cierras tú. Puedes tener la mejor contraseña del mundo y aun así ir dejando tu retrato dibujado por la calle, paso a paso.
La palabra que une a las dos es la agregación: datos sueltos que, sumados, dicen mucho más de lo que dice cada uno por separado. Quería verlo de cerca, sin desiertos ni satélites. El ejemplo que encontré es de 1997.
Massachusetts publicó ese año los datos médicos de unos 135.000 empleados públicos, "anonimizados". Sin nombre ni dirección, pero con el código postal, la fecha de nacimiento y el sexo. Parecía inofensivo: sin nombre, nadie detrás.
La investigadora Latanya Sweeney no se lo creyó. Compró por unos 20 dólares el censo electoral de Cambridge, una lista pública y legal, con nombres. Y cruzó las dos.
En todo Cambridge, solo seis personas compartían la fecha de nacimiento del gobernador, William Weld. De esas seis, tres eran hombres. De esos tres, solo uno vivía en su código postal.
Una sola persona. Sweeney localizó su ficha médica y se la envió a su despacho.
Nadie hackeó nada. Dos listas legales, inofensivas por separado, se volvieron peligrosas al juntarse. Y el vídeo de las niñas se veía ya distinto: tampoco era un baile, era una suma. Si dos listas hacen esto, ¿qué hace todo lo que llevo en el bolsillo?
El sobre, no la carta
Con esa pregunta busqué qué deja exactamente mi propio móvil. Y di con una distinción que yo daba por sabida y resultó que entendía al revés.
Yo creía que, al proteger un mensaje, protegía casi todo. Y sí, proteges su contenido. La carta. Eso es lo que cifra el candado del navegador.
Lo que no había pensado es que cada mensaje lleva un sobre que no suele ir cifrado: los metadatos. A quién escribiste, cuándo, cuánto rato, desde dónde. No el qué. El quién y el cuándo.
Y descubrí que ese sobre, en España, no se tira a la basura. Se guarda.
La Ley 25/2007 obliga a las operadoras a conservar tus metadatos durante 12 meses. Con quién hablas, cuándo, desde qué antena (es decir, desde dónde). No el contenido de la conversación, eso no. Pero todo lo de fuera del sobre, sí, y durante un año entero.
Fui a ver de dónde salía esa ley: nació tras el 11-M de 2004. De la misma época viene el registro de quién compra cada tarjeta prepago.
Y aquí me topé con algo que no esperaba. La ley española transpuso una directiva europea que el Tribunal de Justicia de la UE anuló en 2014 (el caso Digital Rights Ireland), por considerar que guardar los datos de todos, sin distinguir, es vigilancia masiva. En 2016 el tribunal reforzó esa doctrina. Y, sin embargo, la ley española sigue en vigor. Europa dijo que no; aquí sigue. Lo anoté con un signo de interrogación al lado, porque no sabría cómo cerrarlo.
Pero al volver a mi pregunta caí en que el contenido casi daba igual. No hace falta saber qué dijiste. Basta saber a quién llamaste, cuándo y desde dónde.
Imagina que ves lo siguiente. Alguien que, en pocas semanas, llama a la comisaría del barrio, luego a su compañía de seguros, después a una ferretería, a varios cerrajeros y a una empresa de cambio de cerraduras. Ninguna llamada es rara por sí sola. Juntas, y en ese orden, dibujan a alguien que ha tenido un problema en casa, casi seguro un robo: primero la denuncia, luego el parte, después arreglar lo que forzaron. Nadie ha escuchado una sola palabra.
Otro caso, este me dio un escalofrío. Una chica que pasa por la farmacia, sin que nadie sepa qué compró. Esa misma tarde llama a una línea de atención de planificación familiar. Esa noche, una llamada de casi una hora a su madre, o a su hermana. Unos días después pide cita en una clínica. No ha contado nada a nadie. No ha dicho una sola palabra de lo que le pasa. Pero el sobre, otra vez el sobre, la dibuja entera: dónde estuvo, a quién llamó, a qué hora, cuánto rato, en qué orden. La historia se cuenta sola, y es la suya, la más privada que tiene. Eso ya no me pareció una anécdota curiosa. Me pareció otra cosa, bastante más incómoda.
Y ahí estaba otra vez lo mismo: muchas huellas mínimas (a quién llamas, a qué horas, desde qué punto de la ciudad), sumadas, dibujan tu vida entera. El sobre habla aunque la carta calle. De tanto verlo en pantallas y leyes, me entró la curiosidad de si esto podía sentirse sin una sola pantalla delante.
La misma suma, sin pantallas
Esto se puede sentir sin un solo aparato, y es un juego que vale igual en una clase que en una comida familiar. Todos de pie. Alguien va cantando rasgos de lo más corriente, uno a uno, y quien no lo cumpla se sienta:
- Quien no lleve gafas, que se siente.
- Quien no tenga perro en casa, que se siente.
- Quien no haya nacido en otro pueblo, que se siente.
- Quien no tenga un hermano menor, que se siente.
En muy pocos pasos, casi siempre menos de los que nadie espera, queda una sola persona de pie. Nadie ha dicho su nombre. Cuatro o cinco datos que cualquiera regalaría, sumados, la han señalado. Lo mismo, exacto, que la fecha de nacimiento y el código postal con el gobernador.
Queda un reparo, y me lo hago a mí la primera: entender cómo se construye una huella no da permiso para reconstruir la de otro a sus espaldas. Igual que aprender a cifrar no da permiso para romper mensajes ajenos. Lo que sí me dejó este juego fue la pregunta que más me costaba mirar: ¿y la huella de mis propios hijos, quién la está escribiendo?
Y esto, ¿empieza en casa?
Tardé en hacerme esa pregunta de verdad. La respuesta empieza antes de lo que pensaba. Empieza en mí.
Caí en que la huella de un hijo no la escribe primero el hijo. La escribimos los padres, antes de que pueda opinar.
Mirando la ley, vi que en España un menor puede consentir por sí mismo el tratamiento de sus datos a partir de los 14 años. Lo fija el artículo 7 de la LOPDGDD. Antes de esa edad, deciden los padres. Y, me di cuenta, muchas veces decidimos publicar.
Tiene nombre: el sharenting, compartir la vida de los hijos en redes. La Agencia Española de Protección de Datos lo dice con una frialdad que conviene leer dos veces: los padres "tienen la obligación de cuidar la imagen e intimidad del menor, no el derecho a usarla arbitrariamente".
Y hay más: esto ya no es solo una recomendación. Los tribunales han fallado que publicar la foto de un menor exige el consentimiento de ambos progenitores, no basta con que uno quiera. Lo han confirmado varias Audiencias Provinciales (Barcelona, Cantabria, Madrid) entre 2018 y 2020.
Y entonces miré mi propio carrete. La foto del primer día de cole, con el cartel del centro. La del cumpleaños, con la fachada de casa. La de la playa, etiquetada con el pueblo. Ninguna es peligrosa sola. Pero ya sabía leerlas: todas juntas dibujan el contorno, igual que las carreras de los soldados dibujaron la base.
Y ahí dejó de ser un reportaje sobre otros. Mi hija Daniela, que cuando escribo esto tiene 15, ya está en ese mundo: cada cuenta que abre forma parte de un rastro que la acompañará décadas. Su hermano Hugo, con 10, todavía no. Pero llegará antes de lo que parece, y me pregunto cuánto de su contorno he dibujado yo ya.
Con qué me quedo
Empecé este viaje esperando terminar en "ten cuidado con lo que subes". Y acabé en otro sitio. Porque ese consejo, me di cuenta, ya no lo escucha nadie, y sugiere que el problema es subir cosas malas. Y resulta que no. El problema son las cosas buenas, sumadas. La carrera, la foto del cumple, la hora del baile. Eso fue lo que me sorprendió y lo que me hizo escribir.
Tampoco me quedé en el susto. Por el camino vi que la huella digital es real, y la agregación es real, pero que mucho de lo que se repite sobre ellas está sobredimensionado o anticuado. Ambas situaciones conviven, y prefiero contarlo así a pretender que solo una de las dos es cierta.
Si me quedo con algo, es esto: detrás de todo había pensamiento computacional. Entender cómo una máquina toma datos sueltos y deduce lo que no está escrito. Y, más que eso, lo que a mí me cambió la mirada: aprender a pesar la información en lugar de tragarla. Es una de las competencias digitales que se entrenan en casa y en clase.
Empezó con dos niñas bailando en una acera. Y a mí me terminó cambiando, como casi todo aquí, la manera de mirar.
Una nota de este blog
Te dije al principio que te contaría por qué no había aviso de cookies. Aquí está: este blog no usa cookies, ni propias ni de terceros, ni analítica que registre quién eres o por dónde pasas. Mientras escribía sobre el rastro que dejamos sin querer, lo honesto era no pedirte que dejaras el tuyo. Aquí no hay carrera que registrar ni sobre que guardar: lo que lees, lo lees, y no queda en ninguna parte.
Y ya que estoy: tampoco verás aquí fotos de personas reales. Las imágenes las genera una IA, y por eso, debajo de cada una, lo decimos. Tiene su contra, y la reconozco: una foto de verdad emociona de una manera que una imagen inventada no alcanza, le falta ese "esto pasó". Pero para contar bien lo que cuento necesito escenas cotidianas (una niña grabando un baile, un cumpleaños, un primer día de cole), y no me parecía coherente ilustrar un artículo sobre la huella de los menores enseñando la cara real de un menor. Proteger eso, aunque cueste un poco de calidez, me pareció razón de sobra.
