Cuando la pantalla preocupa

Es de noche. Inés, mi hija de 14 años, lleva un rato larguísimo con el móvil en su cuarto. Desde el pasillo solo veo el resplandor de la pantalla por debajo de la puerta, esa luz azulada que va y viene. No es la primera noche. Me quedo ahí parada, con la mano a medio camino del picaporte, sin decidirme a entrar.
¿Le está haciendo daño todo eso?
No me la quito de la cabeza. Esa noche, en vez de dar vueltas en la cama, abro el portátil y me pongo a buscar. Voy asustada, esperando que alguien me diga que sí, que mañana mismo le retire el móvil. Lo que fui encontrando no se parece en nada a eso, y es lo que quiero contaros.
Lo primero que encontré me desarmó
Casi de entrada me topé con un número que no esperaba. Unos investigadores se habían hecho la misma pregunta que yo esa noche, pero con trescientos mil chavales delante: de todo lo que hace que un adolescente esté mal, ¿qué parte se explica por las horas de pantalla? Les salió un 0,4%. Casi nada.
El estudio lo firman Amy Orben y Andrew Przybylski, de la Universidad de Oxford, y se publicó en Nature Human Behaviour en 2019. No es una encuesta de barrio: juntaron tres bases de datos enormes de Reino Unido y Estados Unidos, 355.358 adolescentes en total. Mucha gente. Y gente seria.
Solté los hombros sin darme cuenta. Era justo lo que había salido a oír. Y tardé un rato en pararme a ver qué decía de verdad ese número, porque no dice tanto como yo quería que dijera. Es una correlación media entre horas declaradas y bienestar declarado, en población general. Media: un promedio aplasta los extremos, así que el chaval que se hunde a las cuatro de la madrugada queda diluido entre miles que usan el móvil sin despeinarse. Mi 0,4% no habla de un niño concreto. Habla de la nube entera. Y declarado: lo que la gente dice que hace, no lo que hace. Yo misma mentiría sin querer si me preguntaran cuántas horas miro el móvil, porque ni lo sé. O eso pensaba, hasta que me acordé de que el propio teléfono lo apunta: en el iPhone se llama Tiempo de uso, en Android Bienestar digital, y cada semana te enseña tu media sin que se lo pidas. La primera vez que miré la mía me llevé un susto. Y ahí hay algo que me hizo pensar: el número de verdad lo tenemos a un toque, pero estos estudios tan grandes se apoyan en lo que la gente dice que usa, no en lo que el móvil registró de verdad.
Hay una coletilla de ese estudio que circula mucho: llevar gafas o comer patatas se asociaba con el malestar parecido a la pantalla. Es una frase preciosa para una cena. Fui a verla de cerca y sale de la nota de prensa de Oxford, no del cuerpo del estudio, una forma de divulgar lo minúsculo del efecto. El efecto es pequeño, sí, pero esa frase pesa menos de lo que parece.
Lo que de verdad me cambió la cabeza no fue la cifra, fue cómo la sacaron.
Nunca había entendido cómo pueden convivir informes serios (que dicen que las pantallas hunden a los jóvenes) con otros igual de serios (que dicen que da lo mismo), partiendo de datos parecidos. Esa noche lo entendí, y me dejó pensando. Cuando tienes a tantísima gente en una tabla, casi cualquier efecto, por minúsculo que sea, sale "estadísticamente significativo". Y un investigador honrado, sin hacer trampa, puede analizar esos mismos números de cien maneras distintas. ¿Cuento las pantallas enteras o solo las redes? ¿Lo comparo con estar bien en general o con la depresión? ¿Meto a los que no contestaron o los dejo fuera? Me lo imaginé como ir girando una rueda: cada decisión empuja el resultado un poquito hacia un lado.
Y aquí está lo que me hizo confiar en ellos. Orben y Przybylski no se quedaron con una sola forma de mirar. Las probaron todas a la vez, miles, y en vez de elegir la que más les gustara, pusieron el abanico entero sobre la mesa.
Con los mismos datos podías "demostrar" que las pantallas son una catástrofe o que son inofensivas, según qué análisis decidieras publicar. Por eso un número, solo, no zanja nada.
Ese 0,4% es, al final, la media de todas esas formas de mirar a la vez. Para hacerme una idea de si era mucho o poco, busqué con qué compararlo: en ese mismo trabajo, fumar cannabis salía bastante peor que la pantalla, y sufrir acoso, muchísimo peor. Respiré. Pero enseguida me acordé de lo otro: es un promedio de 2019, sacado de lo que la gente dice que hace, y no me cuenta absolutamente nada de Inés ahí en su cuarto.
Dos personas serias, conclusiones opuestas
Seguí leyendo, y enseguida dejó de tranquilizarme.
En un lado, Jonathan Haidt y su libro La generación ansiosa, de 2024. Su tesis es la de la alarma, con cifras de Estados Unidos: a partir de 2010, cuando el smartphone se hace universal, suben con fuerza las autolesiones, los suicidios y la depresión adolescente, sobre todo en las chicas. Su explicación: el móvil recableó la infancia.
No es un susto vacío. Esas subidas existen, son serias, y coinciden con un cambio enorme en cómo viven los adolescentes. Tengo a Inés al otro lado de esa puerta, y cuando lees esos datos se te encoge algo por dentro.
En el otro lado, Candice Odgers, que firmó una reseña dura en Nature en marzo de 2024: la idea de que las tecnologías están recableando el cerebro de los niños y causando una epidemia de enfermedad mental "no está respaldada por la ciencia". Y una frase que se me quedó clavada: Haidt es un gran narrador, pero su relato va, por ahora, en busca de pruebas.
Dos personas serias, los datos en la mano, conclusiones contrarias. Y yo en mi cocina, sin un doctorado, teniendo que hacer algo con eso.
Lo que me ayudó fue no preguntar quién tiene más estudios de su lado, que después de lo del 0,4% ya sé que es trampa, sino mirar en qué coinciden y en qué no. Y resulta que coinciden en más de lo que parece. Los dos ven una generación que sufre más. Donde discrepan es en la causa: ¿lo hacen las pantallas? El titular metía las dos cosas en una sola, y casi toda la pelea es por la segunda.
Hay un detalle que me hizo dudar de la versión de la alarma, y lo entendí pensando en mi propia hija. Haidt dice que las redes deprimen a los chavales. Vale. Pero una adolescente triste con el móvil pegado a la mano encaja igual de bien con la historia justo contraria: que la que ya lo está pasando mal es la que más se refugia en la pantalla. Si solo tienes una foto fija, ¿cómo sabes hacia dónde va la flecha? Y que el móvil y la depresión hayan subido juntos desde 2012 tampoco me lo aclara, porque en esos años subieron mil cosas más. Me acordé de algo que leí una vez: cada verano suben a la par las ventas de helado y los ahogamientos, y no es que el helado ahogue a nadie. Es el calor, que empuja las dos cosas a la vez.
Y Odgers pone encima otra cosa que me pesó. Fuera de Estados Unidos, ese patrón tan claro se desdibuja. Miraron muchos países a la vez y no apareció una relación constante entre cómo están los jóvenes y la llegada de las redes. Y eso me hizo pensar: si las pantallas tuvieran de verdad fuerza para recablear a una generación entera, ¿no debería notarse también fuera de un solo país?
Y aun así, Odgers no me deja relajarme del todo. No dice que los chavales estén bien, no defiende a las tecnológicas, y concede que varias cosas que pide Haidt, moderar contenidos o pensar la edad de acceso, son razonables. Coincide en el sufrimiento. Lo que duda es de una causa concreta que aún no está probada.
Confundir un sufrimiento real con una causa que aún no está demostrada es como tratar la fiebre culpando al termómetro. El termómetro mide algo verdadero. No por eso lo provoca.
Salí buscando un sí y me encuentro con dos personas que saben mucho más que yo y no se ponen de acuerdo. Cuesta quedarse ahí. Pero al menos ya no es un titular contra otro: es un sufrimiento que casi nadie discute y una causa que todavía nadie ha demostrado.
No todo pesa igual
Hay una trampa cómoda en la que es fácil caer: "como hay estudios para todo, no se sabe nada, así que cada uno que haga lo que quiera". Suena a libertad y es rendirse. Porque no todo pesa lo mismo, y cuando uno mira con calma, algunas cosas aguantan mejor que otras.
El que más en pie se me quedó, curiosamente, no fue el que me daba la razón. Es uno sueco, publicado en PLOS Global Public Health en 2025. Y lo que me convenció no fue lo que concluye, sino la forma de hacerlo: siguieron a casi cinco mil chavales de Estocolmo durante un año entero y no los midieron una vez, sino tres. Me paré en eso. Hasta ahí, todo lo que había leído eran fotos fijas, con la flecha apuntando a saber dónde. Medir lo mismo varias veces a lo largo del tiempo es pasar de la foto a la película. Y en una película, por fin, se ve el orden de las cosas: qué pasa antes y qué pasa después.
¿Y qué vieron? Que la pantalla les estropeaba el sueño en pocos meses: dormían menos, peor y más tarde. Y en las chicas, justamente ese sueño hecho polvo explicaba buena parte de la relación entre la pantalla y los síntomas de depresión. O sea, y esto me hizo clic: una parte del daño no lo hace la pantalla en sí, lo hace el sueño que les roba de madrugada.
Esto me incomoda, porque señala algo que sí puedo estar haciendo mal en casa. Y precisamente por eso me lo creo más: no es lo que quería oír, está medido en el tiempo y enseña un mecanismo, un cómo y un en qué orden.
Pantalla a deshoras, peor sueño y más síntomas. La lección es simple: las horas de sueño hay que protegerlas.
Lo curioso es que otras sospechas de toda la vida aguantan peor. Daba por hecho que las pantallas roban horas de ejercicio, y un estudio australiano de 2025 que siguió a niños estrenando su primer móvil encontró que tenerlo no redujo ni el sueño ni el ejercicio. ¿Sabéis qué sí redujo? Ver la tele. El móvil sustituyó a otra pantalla. Mi sentido común estaba convencidísimo de lo contrario.
Los números de aquí
Cuando llegué a las cifras de España me di cuenta de que tenía que pararme antes de asustarme, y hacerme siempre la misma pregunta: esto que estoy leyendo, ¿me está contando cuántos acceden o me está contando a cuántos les hace daño? No es lo mismo, y casi nunca lo distinguen en el titular.
Lo veo claro con un ejemplo. El INE dice que en 2024 el 96% de los menores españoles de 10 a 15 años navega por internet y casi el 70% usa móvil. La primera vez que lo leí me dio un vuelco. Pero luego pensé: eso es una puerta abierta, no lo que le pasa al niño al cruzarla. Lo mismo con el macroestudio de UNICEF España, de finales de 2025, que sitúa la edad media del primer móvil por debajo de los once años. Te dice cuántos lo tienen. No te dice a cuántos les hace daño.
Y entonces ese mismo estudio mide otra cosa muy distinta, y esa sí me puso en alerta de verdad, porque sí es daño: uno de cada cuatro chavales ha sufrido acoso escolar, uno de cada diez ciberacoso, y un dato que me dejó mal cuerpo, uno de cada tres de los que ya tienen pareja reconoce haber vivido control o chantaje a través del móvil. Eso ya no es una encuesta sobre horas de pantalla. Eso es un peligro de verdad, ahí, sobre la mesa.
Una encuesta que cuenta cuántos tienen móvil no es lo mismo que una que mide a cuántos hace daño. Cuando un número os asuste, mirad primero qué está contando.
Entonces, ¿qué hago esta noche?
Vuelvo a la puerta de Inés. No tengo el sí que salí a buscar, ni el no que me habría dejado tranquila. Tengo unas pocas cosas que han quedado en pie, y no son reglas para nadie, es lo que a mí me sirve.
Lo primero, el sueño. Es lo más sólido de todo lo que leí, lo único medido en el tiempo y con un mecanismo claro. Así que el móvil duerme fuera del dormitorio. En casa, el de Inés se carga en la cocina. No fue una conversación fácil. Fue de las más útiles que hemos tenido.
Lo segundo, acompañar antes que prohibir. Sentarme al lado, no detrás. Ver juntas, preguntar. Es lo que defiendo en acompañar sin saber programar: no necesito dominar la app para acompañar lo que mi hija hace con ella.
Lo tercero, mirar el tipo de uso, no el reloj. No pesa igual una hora de scroll pasivo que esa misma hora creando algo: un dibujo, un juego en Scratch, un mensaje a una amiga. Es la diferencia entre consumir y crear de la que hablo en niños creadores, no solo consumidores, y conecta con que el problema no es la herramienta sino el uso, lo que cuento en las competencias digitales.
Y lo cuarto, fijarme en lo que sí sé reconocer: que cambie de golpe el sueño, que deje de lado aficiones o amigos de carne y hueso, cualquier indicio de acoso. Eso enciende una luz roja de verdad. Tres horas de pantalla un sábado de lluvia, no.
Lo que me llevo es la duda
Tengo dos hijas. Vega, la pequeña, acaba de cumplir seis y empieza a trastear con la pantalla. Inés, la mayor, ya navega su mundo de adolescente con móvil y redes. Una me empuja hacia una respuesta y la otra hacia la contraria, igual que Haidt y Odgers. Y con las dos termino en el mismo sitio: no lo sé del todo, y nadie lo sabe del todo. Quedarme ahí, sin agarrarme al final que más me convenía, ha sido lo más honesto que he podido hacer.
Cuando un niño come, no le pesas el plato cucharada a cucharada. Lo que de verdad te dice si ha comido bien es cómo se levanta de la mesa: con hambre o saciado, de buen humor o irritable. Con la pantalla, igual. El número de minutos dice poquísimo. El "después" lo dice casi todo.
No contéis las horas mientras la usa. Mirad cómo está cuando la apaga.
Y una última cosa, porque la pantalla también pesa sobre nosotros, los adultos. La culpa de no hacerlo perfecto, la ansiedad de cada titular, el miedo a estar arruinando a tus hijos. Esa angustia se nota, y un niño percibe si el móvil es, en su casa, una fuente constante de bronca. Por suerte no te toca tener la respuesta perfecta, ni saber más que todos los estudios juntos. Te toca leer con calma y mirar a tu hijo, no al reloj. Y eso sí sabes hacerlo.
